1.15.2018

El periodista, el voyeur, la controversia


Decir que a sus 85 años –y contando– Gay Talese es probablemente el periodista vivo más importante de nuestros días es sólo decir lo justo o incluso menos que eso: se trata de una voz fuerte y un pulso firme donde los haya. Por eso lo que ha pasado con El motel del voyeur, su último libro, resulta extraño: por primera vez lo han acusado de mentir. La controversia la sabemos por Voyeur, un documental original de Netflix donde se nos revela el makin’ of de la investigación, que apareció primero como un reportaje en la mítica The New Yorker y luego expandido en un libro que empezó a circular en español el año pasado.

Talese, que tiene a su haber títulos como La mujer de tu prójimo y Honrarás a tu padre (que, dicen, inspiró Los Soprano), piedras angulares de la escritura de no-ficción, ha tenido que defender su libro más reciente con uñas y dientes y frente a las cámaras. El motel del Voyeur trata sobre un hombre de Denver, Colorado, que compró un motel en los 60’s para observar las costumbres sexuales de sus huéspedes y llevar un registro de su comportamiento más íntimo. Mientras hacía esto, el propietario del establecimiento, llamado Gerald Foos, se puso en contacto con Talese porque quería hacer su experimento conocido, pero el periodista tuvo que esperar más de 30 años para poder publicar la historia.

Cuando Gerald Foos le escribió a Talese por primera vez, a principios de los 80’s, le ofrecía una tentadora exclusiva pero se negaba a compartir pequeños grandes detalles como su nombre propio, así que el periodista, que nunca se ha mostrado interesado en la ficción o en camuflar los rasgos de aquello que escribe, tuvo que esperar hasta que fuera seguro para su personaje confiar hasta el más mínimo detalle a los lectores, e incluso entonces encontró problemas: por ejemplo, Foos no fue siempre propietario del Motel en el que hacia sus observaciones, y no estuvo siempre en contacto permanente con Talese, hechos que, obvio, generan dudas que el documental se encarga de aclarar. En la película aparece Talese en vivo, lo vemos trabajar y entendemos cuáles son las cosas que no puede tolerar o que le impiden moverse a sus anchas, y eso es un espectáculo aparte; pero también conocemos a Gerald Foos en carne y hueso y ambos, periodista y personaje, son por un momento las cabezas de una misma y peligrosa criatura fuera de control.

El motel del voyeur y Voyeur, libro y documental, son productos hermanos y funcionan en combo agrandado por la experiencia que se riega de la página a la pantalla y viceversa: en el libro queda plantado el tamaño de la ambición de Talese como escritor de no-ficción, un autor que busca escribir el libro total a su estilo, y en la pantalla está todo eso a lo que debe enfrentarse para hacer las cosas a su manera, empezando por su personaje principal. En el libro, Talese encuentra el último reto de un periodista cuando se enfrenta a un personaje (un psicópata, dirán algunos) tanto o más curioso que él mismo, y en la película lo vemos atravesar esta relación como algo más que debe sortear para poder escribir la historia que quiere escribir. Esto es Talese en acción, moviéndose de un lugar a otro y consiguiendo, como el investigador más acucioso, los capítulos que luego formarán la trama del libro. El que crea que la cinta es un simple “tras cámaras” o algo así aún tiene mucho por ver y por volver a creer y por confrontar, pues tanto el documental como el libro muestran algo que todos los seres humanos hacemos pero pocos nos atrevemos a compartir: se trata de dejar caer las capas de nuestra historia hasta que no quede más que la verdad.              

Geral Foos, el propietario del motel, empezó a espiar a sus huéspedes desde mediados de los 60’s y desde un tejado a dos aguas que le permitió colocar rendijas de supuesta ventilación en los techos de ciertas habitaciones. Así que, de varias formas, este es un libro escrito a cuatro manos pues cada capítulo está compuesto por una suerte de introducción de Talese que luego da paso a los apuntes textuales de Foos. Apuntes como este: Por fin consigo ver el cuerpo de la mujer cuando se destapa para limpiarse el semen con mi colcha. Tiene unas proporciones hermosísimas, pero probablemente es igual de estúpida y necia que él. Este: Se han registrado un varón blanco y una mujer blanca de “casquete rápido” en la habitación 9. Él era un oficinista de unos 40 años, 1,75 y 75 kilos, aspecto corriente; ella rondaba los 25 y medía más o menos 1,60, atractiva. O este: Cuando los hombres estaban solos veían la televisión y se masturbaban. Cuando las mujeres estaban solas también se masturbaban, aunque no tanto. Pero creo que ambos sexos se masturban ahora más que nunca. Las únicas parejas que parecen disfrutar de darse placer en la cama, y que poseen la paciencia y el deseo de provocarse unas a otras, son las lesbianas. Queda claro que el voyeur, que se refiere a sí mismo en tercera persona en la mayoría de los pasajes, piensa en sí como un científico o un antropólogo o un filósofo cuyo experimento nos ayuda, a todos, a ver más de cerca por qué somos como somos.

Al final, cuando las palabras y las imágenes se juntan en una especie de experiencia multimedia no por eso menos privada, Talese queda bien parado en medio de todo lo que fue y lo que pudo haber sido. Al final, esta es la historia de un periodista que corre hasta la última yarda y la pasa de largo para guardar la fidelidad de los hechos y poder transmitirla; la historia de un hombre, el voyeur, que cree que sus secretos merecen un mejor destino que la tumba y que deben ser expuestos sin por eso exponerlo necesariamente a él; y los cientos de personas que, sin saberlo, sirvieron como objetos de observación para construir el testimonio que ahora podemos sostener entre las manos.

(El Comercio)

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1.08.2018

No Music, No Life


La sinopsis de Coco bien podría ser la siguiente: Miguel quiere ser músico, pero nadie más quiere que lo sea, empezando por su familia. Con eso sería suficiente para dejarnos llevar por esta cinta que se mueve entre el mundo de los vivos y el de los muertos, entre las verdades y las mentiras que todos nos contamos o nos guardamos, y que es muchas cosas a la vez: una historia sobre fijar los sueños, cumplirlos y perseguir a toda costa tu destino, sobre la importancia y el grosor de los lazos familiares, sobre ser tú mismo aunque todo el mundo insista en que seas otra cosa.

Coco ocurre en un pueblo mexicano llamado Santa Cecilia y en el día de los muertos, el único día del año en el que los difuntos pueden encontrarse con sus parientes en el cementerio, a través de ofrendas que incluyen alimentos y fotografías, sólo que la trama le da la vuelta a la tradición y es el pequeño Miguel, el protagonista (que tiene su lado rebelde y punk más que presente), el que se pasa casi toda la película rodeado de calaveras y esqueletos. Mejor así. Miguel busca en el mundo de los muertos a Ernesto De La Cruz, el mejor músico que jamás haya existido, y cuando lo encuentra su aventura escala hasta lo más alto.

De La Cruz es el ídolo de Miguel, y ya sabemos que uno no puede escoger a su familia y a veces ni siquiera a sus amigos, pero sí que puede escoger a sus héroes, a las personas que quiere tener realmente cerca y a las que se quiere parecer, para así construir una personalidad propia pero basada o inspirada en eso que nos asombra del mundo, eso que nos queremos robar como sea y que acaba siendo el material del que estamos hechos. Miguel quiere ser eso que sueña para sí mismo y le parece que sólo hay un camino para conseguirlo, pero como siempre –en la vida y en el cine– la realidad se encargará de corregir sus planes.    

Pero Coco es más, bastante más que todo eso, tiene la integridad familiar de El Padrino o Star Wars (la obsesión de Miguel con De La Cruz es muy pero muy parecida a la que tiene Kylo Ren con Darth Vader) y todo el amor a la música que puede exprimirse de películas como Almost Famous o Sweet And Lowdown. Es, como se dice, un triunfo, emocionante, conmovedora, irresistible, pero además una celebración de la identidad pop mexicana y latina, esa con la que crecimos y que mal que mal nos hace hijos de México porque todos hemos sido alimentados con su cultura: contra todo pronóstico, el cameo de Frida Kahlo es un acierto y al final dan ganas de escuchar a Chavela Vargas y tomar tequila.   

A momentos, también, Coco se centra en las renuncias que hacen ciertas personas para convertirse en artistas, y es ahí cuando golpea y da duro y hasta duele, porque aparecen todos los rasgos egoístas de cualquiera que haya hecho a un lado a los demás para perseguir un sueño, de cualquiera que haya hecho daño para triunfar. Algunos hacen lo que sea por conseguir una obra de arte, otros, como Miguel, hacen de su vida la verdadera obra de arte. No nos queda más que contemplarla.   

(El Diario Manabita)

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8.21.2017

La tía Toty


Mi tía Toty, el documental de León Felipe Troya que tras varios festivales se estrenó en salas comerciales el pasado fin de semana, cumple a cabalidad con una regla de oro: el personaje es más importante que la historia. Esta película es puro personaje y gracias por eso, por dejarnos ver tan de cerca a alguien que sólo habíamos visto de lejos o desde la butaca de un teatro o que quizás no habíamos visto nunca pero que siempre había estado ahí, allí, aquí, y que ahora resulta tan cercana como un familiar.

La cinta de Troya parecería no tener pudor, como corresponde, y se arma con una verdad o una serie de verdades que llenan a su personaje con distintos matices, que lo redondean, que lo vuelven realidad por encima de todo: el gusto por la aventura, por la exploración de un mundo distinto al que le había tocado, la debilidad por el amor y su combustión ingobernable, el impulso de las pasiones no como estilo de vida sino como razón de vivir, la nostalgia ante el irremediable paso del tiempo, el temblor en la mirada cuando enfrentamos lo que pudo ser contra lo que fue, y el derecho a la melancolía y a la infinita tristeza.

Al final se trata de eso, de esto, de decir la verdad porque en esa verdad es donde película y personaje y público se encuentran y se dan la mano y se miran a los ojos y hasta se reconocen porque después de todo no somos tan distintos: tenemos las mismas alegrías, los mismos miedos. Así, este documental, que pudo ser simplemente el cuento de una mujer hermosa que tras ganar el Miss Ecuador en los 60’s partió a Francia, donde se convirtió en actriz de cine, teatro y televisión para luego regresar a su país nada más que por seguir a su corazón, se levanta como el encantador, conmovedor y a veces también aterrador testimonio de una mujer que, ya entrada en sus años dorados, se las arregla como puede para vivir lo mejor que se pueda.

Da la impresión de que la actriz Toty Rodríguez esperó toda la vida para hacer el papel de sí misma como nadie más podía haberlo hecho: ser uno mismo, se sabe, no es fácil, peor delante de una cámara hambrienta que rebusca más allá de la piel. Las secuencias que ocurren en el interior de la casa, de su mundo propio y privado donde suceden cosas fantásticas en todo sentido, muestran a una mujer que se apoya en el humor y la ironía, que no tiene nada que esconder y que libra una batalla diaria por seguir viviendo como ha querido vivir: sola, independiente, a veces fuerte como una escultura de piedra y otras veces tan pero tan frágil que sólo puede echarse en la cama a ver la televisión hasta que se le pase la depresión. Lo que pasa durante un viaje a París, en cambio, revela a una mujer que puede enfrentarse a su pasado con orgullo, sin miedos, aunque a nosotros nos de por pensar que quizás lo mejor que le pasó en la vida le pasó ahí, que después sólo estuvo esperando algo que nunca llegó. Y están las conversaciones que personaje y director tienen por teléfono (cuando ella, queda claro, preferiría no seguir adelante con la película), en las que La Tía Toty está con el ánimo en la mierda y sin ganas de mostrarse o peor exhibirse, que nos permiten un lado oscuro de su personalidad, un costado que prefiere hundirse hasta rebotar en el fondo. Todas estas personalidades, todas estas Totys, son memorables.

Si eso con lo que sueña una actriz es convertirse en uno o en varios personajes, Toty Rodríguez lo ha conseguido de la mano de su sobrino, el director de la cinta, que la ve como tal, lo suficientemente lejos como para ubicarla en un universo casi ficticio, lo suficientemente cerca como para hacernos sentir que después de todos estos años por fin hemos podido conocerla.

8.07.2017

Todos necesitamos los huevos


Su prosa es es de una incomparable trivialidad.
La salva un solo hecho, un hecho que la inmortalidad suele preferir: 
se parece a la vida. 
- Jorge Luis Borges - 

Woody Allen dice que Annie Hall está sobrevalorada, que su película más conocida, la que parece destinada a ser vista por todo el mundo tarde o temprano, está bien, pero nada más que eso: bien. Él preferiría que lo recuerden por La rosa púrpura del Cairo (1985), Maridos y mujeres (1992) o Match Point (2005), sólo por mencionar tres cintas estrenadas en tres décadas distintas. Se lo dice a uno de sus biógrafos, Robert B. Wiede, en lo que tratándose de un cineasta más bien vintage parece una escena robada de la ciencia ficción: una entrevista para Facebook transmitida en vivo por un canal de YouTube. También dice que sabe que tiene una página de Facebook pero que no sabe qué es eso, y que solo ha entrado a YouTube para ver secuencias de sus comediantes favoritos, como Bob Hope, o escuchar discos enteros de sus músicos favoritos, como Jelly Roll Morton. Pero nada de esto le resulta tan inexplicable como el hecho de que la gente siga viendo Annie Hall o de que mejor dicho Annie Hall le siga llegando y hablando a la gente después de todos estos años. 

Woody Allen escribió el guión de Annie Hall en dos tandas, antes y después del rodaje de La última noche de Boris Groushenko, su sátira sobre la Rusia-Napoleónica, entre 1975 y 1976, y ni tenía ese nombre ni se trataba de lo que se terminó tratando. En los primeros borradores, escritos a cuatro manos junto a Marshall Brickman, la película se llamaba Anhedonia, en honor al mal que sufriría su personaje principal: un estado psicológico que impide a quienes lo padecen sentir placer alguno. En esas versiones tempranas, Alvy Singer, el protagonista, un comediante que acaba de cumplir cuarenta años, se dedicaba a explicarle al público por qué la vida carece de sentido o de propósito o siquiera de intención. Al principio, en un célebre monólogo que los fans recitan de memoria, Alvy dice esto: Hay una vieja broma, dos señoras van a un restaurante, la una dice, “la comida aquí es terrible”, y la otra dice, “¡y las porciones son tan pequeñas!” Pues bien, así es esencialmente como me siento acerca de la vida, llena de soledad, miseria, sufrimiento, desdicha. Y se acaba demasiado pronto.   

Woody Allen escribe las ideas para sus películas a mano, en hojas de ese papel amarillo que viene en los blocs o en esos pequeños trozos de las libretas de los hoteles o en esas servilletas de restaurantes, luego mete esos apuntes en una funda que guarda en un cajón junto a su cama y cuando necesita saber cuál será su próximo guión vacía la funda sobre las sábanas y escoge uno, casi al azar. Puede ser algo tan básico como esto: un hombre tan inseguro que se transforma físicamente en quien tenga a su lado para encajar mejor con los demás. Esto: una mujer felizmente casada, emocionalmente estable, y sus dos hermanas menores, más bien inseguras y frágiles, perdidas. O esto: mientras asiste a una retrospectiva de su trabajo, un cineasta recuerda su vida y sus amores, la inspiración para sus películas. Aunque esto último sea la sinopsis de Recuerdos –esa sí su mejor película, estrenada en 1980–, se acerca bastante al argumento original de Annie Hall, la primera de sus cintas “serias”, donde la historia y los sentimientos de los personajes se imponen por encima de una cadena de bromas hilarantes, que era como se armaban sus trabajos anteriores.    
    
Woody Allen rodó Annie Hall en el verano de 1976 y en jornadas que acababan a las cinco de la tarde, hora en la que volvía a su apartamento a reescribir escenas que no estaban funcionando en el set o de plano a incluir nuevas acciones en el guión. Escribe a mano, en esos blocs de páginas amarillas, echado en su cama, y luego en una máquina de escribir Olympia que compró por 40 dólares cuando tenía 16 años, en 1951, y que conserva hasta ahora. Según el editor de la cinta, Ralph Rosenblum, Allen llegó a la sala de montaje con 40 horas de material y aún así tuvo que volver a reunir al equipo a comienzos de 1977 para rodar material extra luego de verse ahogado durante la edición. El primer corte de Annie Hall, sólo visto por el director y el editor, duraba cuatro horas; luego hubo uno de dos horas y media, que fue el que Allen compartió con gente de confianza, como el co-guionista Brickman, y finalmente uno de 93 minutos que fue el que llegó a los cines. Un año después, en abril de 1978, Annie Hall ganó cuatro de los cinco premios Óscar para los que fue nominada: mejor actriz, mejor director, mejor guión y mejor película.    

Woody Allen no fue a la ceremonia de los premios de la Academia, se enteró de que había ganado al día siguiente, leyendo el New York Times, y en ese momento tomó dos decisiones importantes: prohibir a los productores que incluyeran la mención a los Óscares en el afiche de la película (al final llegaron a un trato, la incluirían, sí, pero sólo en los afiches colocados fuera de Manhattan, donde Allen no podría verlos) y enviar las estatuillas que le correspondían a casa de sus padres; ellos, que nunca habían querido que su hijo se envolviera en el mundo del espectáculo, las pusieron en una vitrina de la sala donde todo el mundo pudiera verlas, y después le reclamaron lo de siempre, que nunca se hubiese casado con una linda chica judía. La película había cobrado ya vida propia, superó cualquier expectativa y reventó la taquilla: hacerla costó $4 millones de dólares y el total de la recaudación fueron $38,3 millones. Y las chicas que estaban saliendo de la era disco empezaron a usar el look más bien andrógino y liberado y propio de Diane Keaton, la otra estrella de la cinta (su verdadero apellido es Hall, así que sí, es sobre ella), y más de un crítico dijo que Allen había re-inventado no sólo la comedia romántica como género sino la manera de hacer cine como tal.

Woody Allen dice que lo que quería era hacer una película en la que se entendiera cómo funciona el cerebro de un ser humano, cómo los miles de millones de pensamientos, ideas, imágenes y recuerdos que tenemos a cada segundo se rozan y se tocan y se mezclan y a veces se juntan y a veces se enfrentan y la mayoría de las veces desaparecen enseguida de haber aparecido. Una de las escenas eliminadas del corte final, por ejemplo, incluía un partido de básquet entre los New York Knicks de la época y un equipo formado por intelectuales como Kafka, Nietzsche y Kierkegaard; en otra escena los personajes encontraban al mismísimo Satán caminando por las calles de Manhattan y éste les ofrecía un tour guiado por el infierno, donde encontraban al presidente republicano Richard Nixon viviendo entre las llamas. Esas cosas pueden pasar tranquilamente por la mente de –casi– cualquier persona, pero dice Woody Allen que lo único que parecía importarle a la gente a la que le mostraba la cinta era la relación entre Alvy y Annie. Quizá la gente creía y siga creyendo que tratar de entender cómo funciona el amor es ya tratar de entender bastante.        

Woody Allen debe sentir que es por lo menos injusto que su película más famosa sea esa en la que todo le salió mal, esa que debió volver a filmar después de acabada sólo para volver a mutilarla luego. El monólogo del final, otro clásico entre los fans, se le ocurrió horas antes de cerrar la edición. Annie y Alvy vuelven a encontrarse años después de su rompimiento y por casualidad afuera de un cine, y días más tarde se toman un café, conversan, se ríen, y cuando se despiden y él ve cómo ella se aleja y se pierde caminando por la vereda, lo escuchamos decir esto: Se hizo muy tarde y ambos tuvimos que irnos, pero fue genial ver a Annie de nuevo, ¿verdad? Me di cuenta de que era una persona increíble, de cuán divertido había sido sólo conocerla y pensé en esa vieja broma, ustedes saben, un tipo va donde su psiquiatra y le dice, “Doc, mi hermano está loco, piensa que es una gallina” Y el doctor dice, “Bueno, entonces, ¿por qué no lo trajo?” Y el tipo contesta, “Lo haría, pero necesito los huevos”. Bueno, creo que es así como me siento acerca de las relaciones, ya saben, son totalmente irracionales, locas, absurdas, pero las seguimos teniendo pues porque al final la mayoría de nosotros necesitamos los huevos.       

Woody Allen escribió en el 2007 un largo obituario para el New York Times cuando murió el director sueco Ingmar Bergman, el cineasta más prolijo que conoció en su vida: en los Estados Unidos, Bergman era conocido simplemente como “El director favorito de Woody Allen”. Al comienzo partió con esto: Bergman me dijo una vez que no quería morir en un día soleado, y al no haber estado allí, sólo puedo esperar que haya tenido el clima plano con el que todo director sueña. Y siguió con esto: Se lo he dicho antes a la gente que tiene una visión romántica sobre el artista y piensa que la creación es algo sagrado. Al final, tu arte no te salva. Y es verdad, sin importar lo glorioso de sus obras, los artistas se mueren igual, expiran, caducan, se acaban, pero por lo menos a mí me gusta pensar que cada vez que volvemos a ellos, ellos también vuelven a nosotros y vuelven a vivir en cualquier parte y en cualquier sitio del tiempo. Woody Allen partirá algún día pero cada vez que alguien vea sus películas volverá a estar entre nosotros, aunque claro, como él mismo dice, “No quiero vivir en los corazones de la gente, quiero vivir en mi apartamento”.    

Woody Allen dice que entre todo lo que le ha plagiado a Bergman quizás lo más evidente sea algo que sólo puede entenderse como ética de trabajo, y que consiste básicamente en realizar un acto de olvido disciplinado, en hacer la mejor película que puedas hacer en ese momento para olvidarla durante el próximo segundo y empezar con la siguiente: Bergman dirigió alrededor de 60 largometrajes para no pensar demasiado en cada uno, y Allen lleva ya más de 50 por la misma razón, “Si no me puedo medir con su calidad, al menos me puedo acercar a su cantidad”, escribió para cerrar el obituario del Times. Siguiendo ese principio, para sobrevivir un artista debería ser capaz de olvidar todo lo que hace y estaría en la obligación de negarse la posibilidad de mirar hacia atrás; un artista, entonces, existiría sólo en la medida en la que existe su obra más reciente; pero cuando acaba una obra y esa obra ya no es suya sino de la gente se expone al peligroso cariño de esa gente, esa gente que piensa que un artista sólo es eso que hizo en algún momento, eso que nos acercó a las figuras que se mueven en la pantalla y hasta nos hizo sentir parte de la historia o mejor al revés: eso que nos hace sentir y pensar y hasta creer que lo que estamos viendo es nuestra propia historia. Annie Hall tiene eso, al final uno cree que ha pasado por lo mismo o que eso mismo es lo que le está pasando o que algún día eso mismo es por lo que pasará.

Woody Allen tal vez no logró todo lo que quería o nada de lo que quiso lograr en Annie Hall, pero logró algo más importante todavía: hizo que nos enamoráramos de ella tanto como el propio Alvy y con eso lo logró todo porque ese amor, parido a la luz de la pantalla, era y es un amor real o las ganas de sentir un amor real por fuera de la pantalla, las ganas de vivir, de que nos pasen cosas; y cuando una película no sólo se parece a la vida sino que la gatilla y la potencia nos hace vivir mejor o de manera más intensa cualquier cosa que nos esté pasando. A veces es así: hay que verlo en los otros para entenderlo en nosotros. Y de repente el “odio” que siente el viejo Woody por esta película es precisamente lo que le corresponde sentir. Después de ganar fama como comediante se plantea hacer una película existencialista sobre el pensamiento humano, fracasa y va sacando sus ideas porque nadie las entiende o las disfruta y se va quedando con lo que complace a los demás. Woody Allen, el independiente, el amo y señor de sus filmes, termina traicionándose a sí mismo y vendiéndose para que su película pueda existir. Y la “odia” porque resulta que la vida no se parece a sus pensamientos más elevados sino a sus pasiones más simples.

Woody Allen e Igmar Bergman conversaron en distintas ocasiones, pero sólo por teléfono, el sueco lo invitó varias veces a Fårö, la isla en el mar Báltico donde vivió y murió, pero Allen nunca quiso ir porque le incomodaba la idea de tener que viajar en un avión pequeño hasta allá. Sus conversaciones eran largas y casi siempre acababan y empezaban hablando de películas propias y ajenas. Bergman le decía que la opinión que tuvieran los demás sobre sus cintas le importaba, sí, pero no por más de treinta segundos; que para dormir veía películas que no lo hicieran pensar, como las de James Bond; que a veces tenía este sueño: llegaba al set y no podía decidir dónde poner la cámara, “El punto es que sé que soy muy bueno en esto y que lo he hecho durante años, ¿alguna vez has tenido estos sueños nerviosos?”, le preguntaba Bergman a Woody Allen. En los afiches de Annie Hall que llegaron a Europa se leía la leyenda Un amor nervioso y en la película se encuentran creo yo esas cosas que Allen amaba del cine de Bergman: el valor de la moral, el amor, el arte, el silencio de Dios, la dificultad de las relaciones humanas, la agonía de la duda perpetua, el fracaso al que parecen destinadas todas las uniones sentimentales y la inhabilidad para comunicarnos unos con otros.        

Woody Allen conoció a Diane Keaton cuando ambos protagonizaron la versión teatral de Sueños de un seductor en Broadway, a comienzos de los 70’s, pero fue ella la que se enamoró primero. Según Keaton, hizo todo lo posible para que Allen se fijara en ella no sólo como actriz sino y más que nada como mujer. Y ese amor que duró poco pero luego se convirtió en una de las amistades más largas y firmes de la historia del cine lo cambió todo. Antes de conocer a Keaton (la persona que más lo hace reír), dice el director, concebía las películas siempre desde el punto de vista del hombre, pero después de haber pasado por ella y de que ella hubiera pasado por él empezó a escribir desde los ojos de las mujeres, un giro del que todos hemos salido beneficiados y ahí están para probarlo cintas como Hannah y sus hermanas (1986), Poderosa Afrodita (1995) y Vicky Cristina Barcelona (2008), por nombrar tres películas que son conducidas a muy buen puerto por personajes femeninos y que dicho sea de paso su director también pone por encima de Annie Hall. Somos nosotros los que ponemos Annie Hall por encima de todo lo demás, no sólo de las películas de Woody Allen sino de todo lo demás también.        

Annie Hall cumplió cuarenta años el pasado 20 de abril. Como era de esperarse, no hubo festejo ni mucho menos y a su director no se le pasó por la cabeza –o quizás no lo permitió– sacar una edición de aniversario para coleccionistas que incluyese, por decir algo, todas esas escenas borradas que nunca vimos (algunas volverían en películas posteriores, la escena del infierno, por ejemplo, está en Desmontando a Harry, de 1997). Lo que hubo, sí, fueron muchas fiestas digitales en Internet, donde el director no puede controlar los impulsos de los fans, aunque francamente tampoco creo que le interese. A mí me llegó como regalo de aniversario y en archivo adjunto a un correo el guión original, posteado con la siguiente fecha: 2 de agosto de 1976. Tiene 120 páginas, es decir media hora más que la versión que conocemos. En la última escena vemos a Alvy en una florería reclamándole a la chica que lo atiende porque compró un ramo de rosas blancas que murieron en cuanto llegó a su casa, y él quiere o necesita flores vivas. Entonces entra Annie y es ahí cuando y donde ocurre el encuentro casual. Ambos se quedan un poco desubicados hasta que comienzan a conversar. “¿Eres feliz?”, pregunta él. “Deberíamos  almorzar algún día”, dice ella. El tipo con el que está saliendo ahora, muy parecido físicamente a Alvy, la está esperando afuera, y él tiene que llegar con las flores blancas a una cita. “Como amigos, sin presión”, dice Alvy. “Amigos”, repite Annie. Y se dan la mano. Y ella se va con su nuevo novio y él se irá con las flores blancas donde su nueva novia. Y hoy me gusta más este final porque él sigue enamorado de ella, quizá más que nosotros.

(Mundo Diners)

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7.17.2017

Belleza Salvaje


Esta cinta llega a nuestra cartelera mostrando varias credenciales, entre ellas una nominación al Óscar como mejor película extranjera representando a Francia, y un premio para la debutante directora Deniz Gamze Ergüven en el festival de Cannes, ambas cosas en el 2016. Además, siendo la primera película de la cineasta turco-francesa, sorprende la madura y precisa sencillez con que está filmada: a Mustang ni le faltan ni le sobran los minutos, y aunque puede parecer íntima, tímida y exclusiva, termina siendo amplia, generosa y universal.  

Comienza con una secuencia en apariencia inofensiva en un pequeño pueblo al norte de Turquía: un día, tras salir del colegio, las protagonistas, cinco hermanas adolescentes y huérfanas, van a la playa a jugar con sus compañeros, se meten al mar, se mojan la ropa, se montan en los hombros de los chicos, y cuando vuelven a casa de su abuela, que es quien las cuida, la señora las acusa de inmorales y las recibe con una paliza. Esto, que parece una tontería, una travesura sacada de toda proporción, dispara la historia, porque a partir de ese momento la casa en la que viven las hermanas se va transformando en una prisión de la que sólo podrán salir las que acepten casarse en matrimonios arreglados por su familia. 

Por encima, la trama puede parecer trillada y hasta pasar por caduca, pero si alguien nos contara que algo así pasa en su casa estoy seguro de que no nos sorprendería del todo, pues nos guste o no el grueso de la sociedad sigue siendo extremadamente conservador y machista y los que nos consideramos por fuera de ese sector somos, muchas veces, cómplices silenciosos o culpables por asociación. Mustang, que también es una película sobre la rebeldía y la conquista de la libertad, tiene el valor de meterse con las costumbres enraizadas en el mundo que retrata, costumbres hace rato caídas en el absurdo como aquella de preparar las mujeres únicamente para el matrimonio.    

Entre las cinco protagonistas, hay una que conduce la película y la empuja hacia adelante, se llama Lale (la jovencísima y sorprendente Günes Sensoy) y es la menor de todas. Gracias a ella, a sus agallas y a su espíritu indomable, la película está siempre en movimiento y va desde el despertar sensual de los personajes hasta una especie de resignación oscura y triste que busca imponerse sobre algunas de ellas. Pero queda claro que cualquier imposición social, lejos de calmar o someter el alma, no hace más que encenderla con su propio fuego.

De forma directa y efectiva, Mustang pone sobre la mesa los temas que importan: la violencia física y psicológica y de todas las maneras contra las mujeres de todas las edades y de todos los colores, y el peso que aún tienen ciertos rituales irracionales. Pero al mismo tiempo celebra la moral femenina, la intuición y el coraje que muestran las mujeres de ánimo resuelto cuando se proponen ser libres.

(El Diario Manabita)

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7.10.2017

Araña Adolescente


La nueva Spider-Man es una película sobre crecer, sobre conocerse, sobre aceptarse y ocupar el lugar que el destino te ha reservado en este mundo. Porque uno puede creer que sabe quién es, pero la verdad es que la personalidad se define con hechos, no con suposiciones, y esta vez, no sin rasguños, Peter Parker tiene que hacer un par de cosas que lo ayudarán a caber del todo en su traje de araña. Aunque recién se está convirtiendo en lo que algún día será, queda claro que tiene lo que se necesita para ser quien es.

La cinta arranca un poco después de lo visto en Capitán América: Civil War, cuando Peter debe volver a casa después de su primera misión bajo el ala de Tony Stark y reintegrarse a su vida normal y adolescente, pero claro, él ya no es normal y nunca más lo será porque está convencido de ser otra cosa. Aquí algo clave: quiere, como todos los chicos de su edad, acelerar el tiempo, precipitarse hacia un futuro para el que cree estar listo y ser tomado en cuenta y en serio: está desesperado por descubrir la vida y eso tiene un precio.

Más allá de un par de secuencias de acción verdaderamente memorables (cuando rescata a sus amigos en el Monumento a Lincoln, en Washington DC; cuando, hacia el final, pelea uno contra uno con Vulture), los momentos más emocionantes y entrañables de la cinta ocurren cuando Peter debe defenderse sin traje, cuando habla con su mejor amigo y comprendemos lo profundo y cómplice de esa amistad, cuando suspira por la chica que le gusta y a la que le cuesta enfrentar porque se pone nervioso, frágil, vulnerable.  

El director Jon Watts tuvo mucha razón al incluir, muy brevemente, al fondo de una escena, unos pocos cuadros de Ferris Bueller’s Day Off (1986), una de las mejores obras de John Hughes, acaso el cineasta que inventó el género adolescente o que por lo menos le dio el espacio y la importancia que merecía. Esta Spider-Man tiene mucho de Hughes, una sensibilidad que se muestra sin complejos, ese sentido del humor omnipresente y las ganas de estar siempre del lado de los protagonistas, de jugárselo todo por defender a sus personajes.   

Spider-Man vuelve a empezar con el actor Tom Holland al frente y no es coincidencia que se trate del Peter Parker más joven que hayamos visto en el cine hasta la fecha: se siente nuevo y fresco y casi dan ganas de que no le pase todo lo que le pasa pero supongo que   nunca se es demasiado joven para crecer, así sea un poco a la fuerza. Esta película termina siendo sobre tomar decisiones, sobre atreverse a tener valor, sobre ser uno mismo y estar dispuesto a vivir en el intento. 
   
(El Diario Manabita)  

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